¿Por qué pinto así?
Me declaro profundamente purista de la acuarela. Tanto en un sentido académico, como moral y emocional. Mis raíces están arraigadas a la tradición y la historia. Me interesa una pintura donde la emoción no dependa del espectáculo visual ni de efectos artificiales. Tampoco la obsesión hiperrealista que reduce el asombro del espectador a una frase tan pobre como: “parece una fotografía”. Mi pintura no busca competir con la fotografía ni imitarla; la función de la pintura no es copiar mecánicamente la realidad, sino interpretarla.
Me siento hijo de mi tiempo, pero alejado del rumbo hacia el que parece dirigirse gran parte del arte actual; la velocidad, el consumo rápido de imágenes y la ansiedad permanente por captar atención. Creo en el oficio, en la repetición diaria, en el taller y en la pintura que envejece bien porque no depende de la moda ni del impacto inmediato. Una mirada no se construye en unos meses ni nace de un algoritmo. Se fragua lentamente; leyendo, viajando, observando y viviendo.
Siempre me ha interesado una idea de belleza que no necesite gritar para permanecer. Kant escribió que la verdadera experiencia estética aparece cuando contemplamos algo sin deseo de poseerlo ni utilizarlo; simplemente por el placer profundo de observar. Creo que gran parte del arte y en concreto de la acuarela contemporánea ha olvidado precisamente eso. Demasiadas imágenes parecen construidas únicamente para impresionar durante unos segundos. Muy pocas invitan realmente a la contemplación.
Mi relación con la pintura empezó mucho antes de que la acuarela se cruzara en mi camino. Arrancó entre esculturas clásicas, carboncillo y papel gris en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Todavía recuerdo el polvo negro sobre las manos durante meses trabajando casi exclusivamente la mancha; se nos obligaba a huir del detalle y a construir forma y volumen desde el tono. Allí comprendí algo que sigo defendiendo todavía: una pintura puede estar llena de información y, aun así, sentirse vacía.
Desde entonces siempre me sentí unido a la tradición figurativa clásica. Nunca he creído en la falsa oposición entre tradición y modernidad; toda gran pintura moderna nace siempre de una conversación con el pasado. Y dentro de esa genealogía hay un nombre al que vuelvo constantemente: John Singer Sargent. Lo que admiro de su genialidad no es solamente el virtuosismo técnico, sino la inteligencia visual que existía detrás de cada pincelada. En sus acuarelas hay síntesis, estructura y una claridad extraordinaria para distinguir lo esencial de lo accesorio.
Sí, yo también pinto desde fotografías; pero desde mis propias fotografías, desde mis propios viajes y desde mi propia manera de mirar el mundo. No utilizo la fotografía como sustituto de la experiencia, sino como extensión de ella. Antes de pintar preparo una mochila, algunos libros y cámara en mano recorro las ciudades del viejo continente buscando algo mucho más difícil de explicar que una simple imagen bonita. Ando a la caza y captura de atmósferas, luz, memoria y esa emoción extraña que aparece a veces en ciertas calles al final de la tarde, en una plaza o en un café donde todavía parece posible una conversación lenta.
Mi relación con Roma terminó de ordenar muchas de estas intuiciones. Viví allí durante un año estudiando en la Accademia di Belle Arti. Caminaba a diario por Via Ripetta cruzando Piazza del Popolo hasta llegar a clase; aquel trayecto terminó convirtiéndose en una especie de educación sentimental paralela. Entraba constantemente en las iglesias donde descansan los Caravaggio y gran parte del mejor arte barroco. Roma cambió definitivamente mi manera de mirar. Y aunque tiempo después también viví en Londres buscando nuevos ritmos, velocidad y lenguajes contemporáneos para renovar mi sensibilidad, no pude engañarme ni alejarme de mí mismo. Mis raíces siguen ligadas a la historia y a la tradición europea.
Siempre he pensado que la luz es el elemento máximo en todas las artes; en la pintura, el cine, la fotografía, la arquitectura o la escenografía. La luz es lo que verdaderamente construye la emoción visual. Quizá por eso películas como Manhattan o El paciente inglés han permanecido tanto tiempo conmigo; no solo por sus historias, sino por la forma en que convierten la luz y la atmósfera en memoria emocional.
El sonido de mis acuarelas nunca ha sido musical; siempre ha sido el de la radio. Más allá de las universidades donde me formé, agradezco mi educación artística y profesional a los que considero mis auténticos maestros: Los Cowboys de Medianoche. Aquellas conversaciones de José Luis Garci y sus compañeros de mesa alrededor del cine, la literatura y las humanidades terminaron conformando parte de mi manera de entender la cultura.
Siempre me sentí atraído por esa tradición de tertulia lenta y memoria compartida; por las páginas de Francisco Umbral, por la inteligencia melancólica de Jorge Luis Borges, por la humanidad directa de Camilo José Cela o por esa mezcla de aventura y desencanto lúcido que aparece a menudo en Arturo Pérez-Reverte.
Nunca he creído en las disciplinas completamente separadas. La pintura, la literatura, el cine, la filosofía o la arquitectura forman parte de una misma conversación cultural. Toda mi pintura nace de esa mezcla de disciplinas, recuerdos y obsesiones; dibujo clásico, filosofía, cine, literatura, fotografía, viaje y experiencia directa.
Quizá sea una rara avis en mi especie. De corazón clásico, pero enganchado al tren del diseño, la comunicación y las nuevas tecnologías. A caballo entre dos mundos; el pasado y el futuro. En apariencia distintos, pero complementarios. Porque en este mundo importa tanto lo que se dice como la forma en que se dice. Tanto el producto como su empaquetado. Y por eso vivo constantemente en un presente tan inevitable como estimulante.
